Machu Picchu es la ciudad perdida de los incas, una ciudadela oculta entre las nubes de los Andes a 2 430 metros sobre el nivel del mar. Erigida en el siglo XV, sigue guardando secretos que ninguna expedición en el mundo ha logrado descifrar. Viajeros de todos los continentes acuden hasta aquí, y cada año la ciudadela recibe a cientos de miles de visitantes sin dejar de asombrar incluso a los más experimentados.
Localizar Machu Picchu en el mapa no reviste mayor dificultad: región del Cusco, a unos 80 kilómetros al noroeste de la ciudad que fue capital de un gran imperio. Se puede llegar de dos maneras: en tren turístico desde Cusco a través del pintoresco valle del río Urubamba, o a pie por el legendario Camino Inca. El trekking de cuatro días atraviesa bosques nublados y pasos de montaña, y el propio recorrido se convierte en una aventura tan memorable como el destino final.
Piedras que desafían toda explicación
La ciudad fue construida sin un solo instrumento de hierro y sin transporte con ruedas. Enormes bloques de granito de varias toneladas fueron ensamblados con una precisión milimétrica, sin ningún tipo de mortero. El Templo del Sol, la plaza Intihuatana y la Casa de las Vírgenes conforman un conjunto arquitectónico ante el que incluso los viajeros más curtidos se detienen sin aliento. Un lugar especial lo ocupa la piedra Intihuatana —el llamado "amarre del sol"—, que los incas utilizaban como instrumento astronómico para determinar los solsticios y planificar el calendario agrícola.
Los conquistadores españoles jamás encontraron este lugar durante la conquista del Perú, razón por la cual Machu Picchu sobrevivió intacto mientras el resto del mundo inca era destruido y saqueado. La ciudadela fue presentada al mundo moderno por el historiador estadounidense Hiram Bingham en 1911, aunque los campesinos locales la conocían mucho antes de ese hallazgo. Desde entonces, el sitio figura en la lista de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo y se mantiene como el principal símbolo turístico del Perú y de toda América Latina.
Cuándo ir y cómo prepararse
La mejor época para visitar el lugar es la temporada seca, de mayo a octubre: el cielo sobre la ciudadela se despeja, las vistas se abren en los 360 grados y los senderos de montaña se encuentran en óptimas condiciones. Durante la temporada de lluvias, de noviembre a abril, una densa neblina envuelve las ruinas —un espectáculo de indudable misticismo y belleza singular, aunque considerablemente menos propicio para la fotografía.
Las entradas deben reservarse con antelación, a veces con varias semanas de anticipación: las autoridades peruanas imponen un límite estricto de visitantes diarios para preservar este Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Una vez en el lugar, contratar a un guía local vale ampliamente la pena: conocen la historia detrás de cada piedra y saben narrarla de un modo que eriza la piel. El mejor consejo es llegar a la apertura, al amanecer, cuando los primeros rayos de sol se deslizan sobre las terrazas de piedra y las cumbres montañosas emergen lentamente de la bruma matinal. Cada uno de esos amaneceres sobre la cresta de Huayna Picchu es un momento que acompaña a la persona para siempre y la lleva a regresar, una y otra vez, a América Latina.


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